Por: Alba Espinoza

Opinión El cartón como destino
Opinión El cartón como destino. http://casaindependienteamazonica.com

La imagen fue desgarradora. Una madre, rota por dentro, abrazando una pequeña caja de cartón. Dentro, los restos de su hija, una bebé de menos de dos meses, entregados así en un hospital público de la Amazonía ecuatoriana. La fotografía se viralizó, circuló con furia, encendió por horas la indignación colectiva y luego —como tantas otras— fue empujada al baúl del olvido. Ese archivo silencioso donde depositamos el dolor ajeno cuando deja de ser tendencia.

Vivimos en una época donde el sufrimiento se consume rápido, se comparte, se comenta y se descarta. El dolor, especialmente el dolor de los otros —de los pobres, de los racializados, de quienes habitan los márgenes— se convierte en espectáculo. Un show que conmueve brevemente, pero no incomoda lo suficiente como para transformar estructuras.

Las reacciones oficiales no tardaron: comunicados, destituciones, señalamientos a funcionarios del hospital. Se necesitaban responsables visibles, inmediatos, sacrificables. Pero la pregunta incómoda quedó sin respuesta: ¿qué puede hacer un gerente hospitalario si el Estado no garantiza recursos mínimos? ¿Cómo sostener un sistema de salud pública cuando el abandono es política y no excepción?

Aquí no estamos frente a un “error administrativo”. Estamos frente a una decisión política sostenida en el tiempo. Porque cuando un Estado desfinancia la salud, precariza al personal médico, vacía hospitales y normaliza la escasez, está estableciendo jerarquías de vida. Está diciendo, sin decirlo, que hay cuerpos que importan menos. Que hay territorios prescindibles. Que hay infancias sacrificables.

¿Quién decide quién vive y quién muere en este país? No es una pregunta retórica. La respuesta habita en los presupuestos recortados, en las prioridades fiscales, en el centralismo que desprecia a la Amazonía, en el racismo estructural que sigue considerando a los pueblos y nacionalidades indígenas como ciudadanos de segunda categoría.

La bebé no murió solo por falta de atención médica. Murió en un sistema que normaliza la muerte evitable cuando ocurre lejos de las ciudades, cuando el rostro del dolor no es blanco, cuando la lengua materna no es el castellano, cuando la vida no encaja en los estándares de dignidad que el poder reconoce.

Y qué brutalmente simbólico resulta que esa vida haya sido entregada en una caja de cartón. El cartón como contenedor de la muerte, como signo de precariedad, como metáfora del desecho. El mismo cartón que hoy nombra, en clave publicitaria y cínica, a un régimen político que convirtió el ajuste, el recorte y la deshumanización en consigna.

No es solo una imagen. Es un espejo. Nos interpela sobre el país que somos y el que estamos aceptando ser. Sobre cuántas veces más vamos a compartir el dolor sin hacernos cargo de las causas. Sobre cuántas infancias más deberán morir para que dejemos de confundir indignación con justicia.

Mientras el dolor siga siendo espectáculo y no motor de transformación, el cartón seguirá siendo destino para quienes nunca fueron prioridad.

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