
Por Alba Espinoza
“Noche de paz, noche de amor”. Así suena el villancico mientras en Ecuador una persona es asesinada cada 57 minutos. Pero no pasa nada: es diciembre, hay luces, hay discursos, hay cadenas nacionales y hay promesas envueltas para regalo. La violencia, al parecer, también se volvió parte del paisaje navideño.
La muerte violenta del futbolista Mario Pineda, ocurrida el pasado 17 de diciembre, sacudió conciencias dentro y fuera del país. Hubo titulares, homenajes, comunicados oficiales y una indignación que —como ya es costumbre— duró lo que dura una tendencia. Pero Pineda no es una excepción. Es uno de los aproximadamente 9.100 homicidios con los que Ecuador cerraría el 2025, el año más violento de su historia.
Sí, otra vez récord. Porque en este país no solo acumulamos cifras, también batimos marcas de horror.
Según datos oficiales, hasta antes de cerrar diciembre ya se contabilizaban 8.393 asesinatos, superando los 8.008 homicidios registrados en todo 2023, año que hasta hace poco ostentaba el dudoso honor de ser el más violento. Aún faltan sumar los muertos de fin de año, esos que no alcanzaron a entrar en el balance, pero que, seguramente, alcanzarán a morir.
El promedio es escalofriante: 25 homicidios diarios. Uno cada 57 minutos. Tiempo suficiente para un café, una reunión, una misa… o un disparo.
Pero no nos alarmemos demasiado. El gobierno hizo su parte: subió tres puntos al IVA, con la promesa de que ese sacrificio colectivo serviría para fortalecer la seguridad ciudadana. Una contribución patriótica, nos dijeron. Sin embargo, hasta hoy, nadie ha visto con claridad dónde están esos recursos, cómo se invierten ni por qué, pese a esa millonaria recaudación tributaria, seguimos contando cadáveres con la misma —o mayor— frecuencia.
Tal vez la seguridad se fortaleció en algún lugar invisible. Tal vez está en una matriz de Excel que no conocemos. Tal vez está en una colorida presentación de PowerPoint.
Pero lo que sí hemos visto es el Plan Fénix, ese plan altamente promocionado por el presidente Daniel Noboa y su exministra Mónica Palencia. Un plan omnipresente en discursos, entrevistas y redes sociales. Un plan que renace cada vez que hay una cámara encendida, un video de Tiktok protagonizado por el más joven presidente del Ecuador republicano. Un plan que, curiosamente, solo existe en el brazo izquierdo de Daniel Noboa, tatuado como símbolo de autoridad, pero ausente en los territorios donde la gente sigue viviendo —y muriendo— con miedo.
El Plan Fénix no patrulla barrios, no protege escuelas, no llega a los puertos, no frena las extorsiones ni impide que los sicarios sigan cobrando vidas. Pero luce bien. Y en tiempos de crisis, lucir bien en redes sociales suele ser más importante que ser eficaz.
Mientras tanto, el país aprende a vivir con la incertidumbre como norma. A despedirse antes de salir de casa. A normalizar detonaciones y velorios. A convivir con la idea de que la muerte violenta puede tocar a cualquiera, en cualquier momento, sin importar si es hombre, mujer, futbolista, comerciante, estudiante o niño.
La pregunta ya no es si estamos en crisis de seguridad. La pregunta es cuántos muertos más necesitamos para dejar de fingir que los planes funcionan. Cuántas cifras más deben romper récords. Cuántas navidades más vamos a susurrar “noche de paz” en un país sitiado por el miedo.
Quizá esta noche buena también recemos. No para agradecer, sino para rogar por el milagro de sobrevivir. Porque en el Ecuador de hoy, la paz no es un derecho: es una excepción.
Y aun así, nos piden que cantemos.





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