El país que Noboa gobierna en X no existe
El país que Noboa gobierna en X no existe

Por: Alba Espinoza

“Es terrible hasta dónde pueden llegar 😨”, escribió el presidente Daniel Noboa en X, convertido ya en su principal espacio de gobierno. Un tuit largo, emotivo, épico, con emojis estratégicos y una sentencia final digna de tráiler: “Hemos combatido de frente al narco terrorismo”. Según el mandatario, a sus críticos “les arden” los números de una supuesta recuperación económica histórica. El problema es que, fuera de X, los números cuentan otra historia. Y arden, sí, pero en el bolsillo de la gente.

Empecemos por la joya del tuit: “índice de pobreza 20,5%, el más bajo en 20 años”. Lástima que el Instituto Nacional de Estadística y Censos (Inec), la institución oficial que mide la pobreza en el país, diga otra cosa. A junio de 2025, la pobreza por ingresos es del 24% y la pobreza extrema alcanza el 10,4%. No solo no es la más baja en 20 años: es más alta que en 2017, cuando la pobreza rondaba el 21–22% y la extrema estaba cerca del 7,9%. No es una diferencia técnica ni un margen de error: son cientos de miles de personas más que hoy no logran cubrir la canasta básica. Pero claro, ese dato no cabe en un tuit triunfalista.

En el Ecuador real —no el de las gráficas oficiales ni el de los discursos de cartón— una persona en situación de pobreza extrema sobrevive con USD 1,70 diarios o menos. Ese es el umbral de ingresos per cápita fijado por el Inec para 2025, una cifra que, más que un indicador técnico, debería leerse como una sentencia social.

Hablamos de un ingreso que no alcanza para garantizar una alimentación mínima, y que vuelve prácticamente imposibles derechos básicos como la salud, la educación o incluso el transporte. La extrema pobreza no describe carencias parciales ni ajustes temporales: describe una exclusión estructural, una vida sostenida al límite, donde cada día es una negociación entre comer, trasladarse o simplemente resistir. Mientras desde el poder se proclama recuperación económica, este dato desnuda la distancia obscena entre la narrativa oficial y el bolsillo —vacío— de millones de ecuatorianos.

Si afinamos la mirada, el cuadro es aún más incómodo. En el área rural, la pobreza llega al 41,7% y la pobreza extrema al 25,1%. En las ciudades, aunque menor, sigue siendo significativa: 15,7% de pobreza. Dicho de otra forma: una de cada cuatro personas en el campo vive en extrema pobreza, mientras el gobierno celebra cifras “mágicas” que solo existen en su narrativa digital. A eso se suma que la pobreza golpea con más fuerza a hogares encabezados por mujeres, a niñas, niños y jóvenes, y a territorios históricamente abandonados como Esmeraldas, la Amazonía o las periferias urbanas.

Pero sigamos con la lista de logros presidenciales. Riesgo país más bajo, inflación controlada, ventas y depósitos récord. Todo muy ordenado en la macroeconomía. El problema es que la macro no paga el arriendo ni llena la refrigeradora. El empleo adecuado —ese que debería ser la prueba reina de la “plena recuperación”— sigue estancado, mientras la informalidad es la norma para millones de ecuatorianos. Tener inflación baja en un país donde la gente no tiene ingresos suficientes no es una victoria: es una estadística elegante para un problema social crudo.

Luego viene el capítulo de seguridad. Noboa asegura haber combatido “de frente al narco terrorismo”, algo que —según él— otros no pudieron por falta de “voluntad, valentía y habilidad”. Sin embargo, los datos vuelven a arruinar el discurso. Los homicidios aumentaron más del 30% en 2025, y el 88% se cometieron con armas de fuego. Ecuador se encamina a ser, otra vez, uno de los países más violentos de la región. Provincias como Guayas y Esmeraldas concentran al mismo tiempo pobreza estructural, violencia criminal y ausencia estatal. Coincidencias, dirán algunos. Para cualquiera que mire más allá del emoji, es una relación directa.

La violencia no solo mata: desplaza. En los últimos años, más de 300.000 personas han sido desplazadas internamente por la violencia criminal. Familias enteras que abandonan sus barrios, sus trabajos, sus redes, y terminan en periferias urbanas más pobres y más inseguras. Ese fenómeno no aparece en el tuit presidencial, pero explica por qué la pobreza no baja y por qué la “prosperidad” no se siente.

Aquí está el verdadero contraste: mientras el presidente habla de “país estable y próspero”, el INEC advierte que las variaciones recientes en pobreza no son estadísticamente significativas. Es decir, no hay evidencia sólida de una mejora estructural. Lo que sí es evidente es la desconexión entre el relato oficial y la vida cotidiana. La gente no necesita un emoji asustado para saber que algo no cuadra: lo siente cada vez que va al mercado, cada vez que busca trabajo, cada vez que decide no salir de noche por miedo.

Tal vez por eso el discurso insiste tanto en que “les arden nuestros números”. Porque cuando los números reales no acompañan, queda la épica digital, la guerra cultural y el enemigo abstracto. Gobernar desde X puede dar likes, pero no reduce la pobreza, no genera empleo digno y no devuelve la seguridad.

Lo que realmente arde no es la supuesta envidia de los otros, de los adversarios políticos de quien nos gobierna. Arde la paciencia de un país cansado de cifras acomodadas, récords que no se sienten y una recuperación económica que solo existe en los tuits del presidente.

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