Por Alba Espinoza

Más allá de la derrota de la Tri en su debut mundialista frente a Costa de Marfil, lo que realmente ha incomodado a muchos ecuatorianos no ocurrió en la cancha, sino en las gradas del Lincoln Financial Field de Filadelfia. Allí, entre el bullicio de los aficionados, apareció el presidente Daniel Noboa. Y no fue su presencia en sí lo que generó malestar, sino todo lo que simboliza en un momento tan complejo para el país.
Porque mientras se difundían imágenes del mandatario en el estadio, en Ecuador la realidad es otra. Una menos festiva, menos ligera. Una marcada por el miedo, la incertidumbre y el dolor de tantas familias.
La Presidencia intentó justificar el viaje con una agenda oficial publicada en redes sociales. Pero fue una explicación fría, incompleta, casi distante: sin horarios, sin lugares, sin detalles que permitan a la ciudadanía comprender realmente qué se hizo, para qué se viajó y con qué recursos. Y cuando falta información, crece la duda.
No se trata de si el presidente puede o no asistir a un partido. Se trata de transparencia. De respeto. De entender que cada decisión tomada desde el poder tiene un peso simbólico cuando el país atraviesa una crisis tan profunda.
Hoy Ecuador llora y se duele. La muerte de la activista Monika Silva, que ha traspasado fronteras, dejó más preguntas que respuestas. La forma en que, casi de inmediato, se habló de un “supuesto suicidio” no solo sorprendió, sino que inquietó. Y su caso no está solo. Está también Nathaly Mafla. Está la fiscal de Manta, Alexandra Bravo, asesinada junto a su hermana. Son nombres que se repiten en la memoria colectiva, recordándonos que la violencia ya no es una noticia aislada, sino parte de nuestra cotidianidad.
En medio de este panorama, resulta inevitable preguntarse por las prioridades. ¿Qué se está haciendo, realmente, para enfrentar esta crisis? ¿Qué se está ocultando o dejando de decir?
Preocupa, por ejemplo, que en medio de una ley aparentemente orientada a regular el uso de uniformes policiales y militares, se haya incluido un artículo que permitiría a la Contraloría destruir documentos en un plazo de 30 días. Detalles que pasan casi desapercibidos, pero que levantan sospechas legítimas en una ciudadanía que ya no solo cuestiona, sino que desconfía.
Y es ahí donde el problema se vuelve más profundo: no es solo una agenda poco clara o un viaje inoportuno. Es la evidencia de una desconexión creciente entre el poder y la realidad del país. Un gobierno que parece moverse en una lógica propia, ajena al dolor cotidiano de la gente, mientras el país se desquebraja entre violencia, miedo e incertidumbre.
La imagen del Presidente en un estadio no es aislada: se convierte en símbolo de ese distanciamiento, de una suerte de “qué me importismo” frente a una nación que exige presencia, liderazgo y respuestas. Y lo más grave no es solo la acción, sino el mensaje implícito: la subestimación de la inteligencia de sus mandantes, a quienes se les ofrece explicaciones superficiales en lugar de rendición de cuentas.
Porque gobernar no es solo ejercer autoritariamente el poder; es comprender el momento histórico que se habita. Y hoy, más que nunca, Ecuador necesita un liderazgo que esté a la altura de su dolor, no por encima de él ni de espaldas a su gente.




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